viernes, 5 de julio de 2019

Lectio Divina

JESUCRISTO ES DEL LINAJE DE DAVID SEGÚN LA CARNE
El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del
mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo,
¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que
en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que
en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar
a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o
qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por
la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a
existir, empezó a ser Hijo único de Dios?
Manifiéstese, pues, ya a nosotros en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la
gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la
gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a

creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su
existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es
ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien se verificó que la
naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros
ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas
estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan
soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos
entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en
cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.
Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la
carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues
nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre,
realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la
vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la
naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de
otro modo no se creería en la trinidad, sino en una cuaternidad de personas.
Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime
dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma
manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando
nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como
ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran
muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí
las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por
siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único
Hijo de Dios y único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito
alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá
encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.

Responsorio Cf. Ga 4, 4-5; Ef 2, 4; Rm 8, 3

R. Mirad que ya se cumplió el tiempo, y ha enviado Dios a su Hijo a la tierra, nacido de
una Virgen, nacido bajo la ley, * para rescatar a los que estaban bajo la ley.
V. Por el gran amor con que nos amó, envió a su propio Hijo, sometido a una existencia
semejante a la de la carne de pecado.
R. Para rescatar a los que estaban bajo la ley.

Oración

Oremos:
Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de
la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.

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